En el pasado, estas transiciones eran todo un reto. Con el cambio de estación, me sentía inquieta, intranquila y a veces paranoica. Los pensamientos acelerados se apoderaban de mí y me resultaba casi imposible descansar. Recuerdo momentos, como durante una clase de aeróbic, en los que estaba convencida de que la gente hablaba de mí, aunque no fuera así. En esos momentos, supe que necesitaba ayuda, ya fuera apoyo profesional, asesoramiento o incluso una breve estancia en el hospital para calmar mi mente y volver a centrarme.
Ahora, con años de asesoramiento psicológico, control de la medicación y práctica en el desarrollo de habilidades de afrontamiento para mi trastorno bipolar, he aprendido a navegar por estos cambios de manera más eficaz. Ya no temo los cambios, sino que he llegado a apreciar cada estación por lo que me ofrece.
Antes temía la luna llena, pero ahora me maravilla su belleza y su brillo. Aunque echo de menos mis paseos veraniegos y la energía vibrante de los días cálidos, he encontrado consuelo en la quietud del invierno. Hay una fuerza tranquilizadora en su quietud, una belleza a su manera. Puede que las estaciones cambien, pero yo he aprendido a adaptarme y a encontrar el equilibrio.